sábado, 14 de octubre de 2017

LA HABANA



Las casas se mueren si nadie las habita, y también las personas.

Kirme Uribe





Acabará el día y con él la necesidad de explicarte algunas cosas, la necesidad de tenerte a la vera y decirte que lo que viene pasará. Que volverán los días en los que el brotar de las hojas verdes y el balanceo de mi pie desnudo será lo único de lo que deberás preocuparte. Pero hasta entonces estas horas que se mueren entre folios blancos y las notas que tomamos mientras la vida era nuestra, pesan como el acero y agujerean la templanza en un futuro que sé incierto desde hace demasiado.  Echo de menos la firmeza de tus palabras, la manera de darle forma al mundo y el saber que la entrega es una decisión compartida y no pesa. Pero el mañana, hecho silencio, se construye bajo la incertidumbre de algo más que el abandono de un cuerpo, de una voz, que arropa y guarda. Y pienso en la ausencia, la muerte y en la caída de los muros que protegieron la piel, las ganas.  El mañana es incierto pero guarda el calor de tu mano desnuda.



jueves, 5 de octubre de 2017

ESTO NO ES ACABA


La identidad es una búsqueda siempre abierta e incluso la obsesiva defensa de los orígenes puede ser en ocasiones una esclavitud tan regresiva como, en otras circunstancias, cómplice rendición al desarraigo.
Claudio Magris





Este blog sigue en marcha. Desde hace semanas se fragua un cuento y en algún momento verá la luz en este minúsculo espacio. Son cosas mías con poco interés pero que me aligeran la carga de la vida y me ayudan a entenderme y a entender el mundo. Pero los acontecimientos de estos días, un volumen de trabajo que a veces no sé si puedo asumir y la familia dispersada intentando hacer lo que hay que hacer, deja poco tiempo para lo que uno quiere. Volveré, y espero que sea más pronto que tarde, tal vez sea mañana mismo y este texto quede un poco ridículo. No sé si cuando lo haga mi nacionalidad habrá cambiado por obra y gracia de unos malvados desleales (que lo son), que se creen mejor que los de al lado, y si como pasó en la antigua Yugoslavia deberé odiar para siempre a mis antiguos hermanos y vecinos. Espero que no sea así. Mientras tanto, aquí seguiremos porque esto no es acaba.


lunes, 25 de septiembre de 2017

STELLA BY STARLIGHT


La imprecisión es el infierno conocido.
Luís Rosales




Los días han ido perdiendo holgura. Algo me dice que debo mirar de otra manera, esperar que el tiempo vuelva a transcurrir despacio, buscar entre tu aliento y mis ganas para dejar que el tiempo mismo se vuelva amplio; que mis manos vuelvan sobre las tuyas y encuentren la palabra adecuada para perderse y dejar de copiar, de modo absurdo, la vida de otros.



lunes, 18 de septiembre de 2017

DE LAS COSAS FUNDAMENTALES



Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder
 en la vida es tener una infancia feliz.

Agatha Christie





Me encontré a Carlos sentado en el sofá. Se abrazaba las rodillas y unos lagrimones se deslizaban mejilla abajo. Dejé el bolso en el suelo, me agache a su altura y tras levantarle la cara que miraba al suelo como si ahí, entre las baldosas pobladas de migas de pan y chocolate, se encontrara todo el pesar del mundo, empezó a balbucear, sin poder aguantar el llanto, que Florita había muerto. Florita es la tortuga de la clase de “los pulpitos”, una mascota que va de mano en mano cada fin de semana. Este último fue el de su final. El lunes no había vuelto a clase y una pequeña charla de la maestra puso punto y final a la existencia de aquel animal que ha durado lo que dura un suspiro, apenas las dos primeras semanas del curso. Carlos cree que existe un más allá donde van a parar todas las cosas que desaparecen de este mundo. Una especie de tierra paralela en la que además de un hermano al que no llegó a conocer, habita el hámster de su prima Sara, los peces de colores que flotan en el estanque del parque cuando llega la primavera y el alma de su muñeco que destripó en una rabieta y que aún hoy pena.  Pero nadie puede cruzar la frontera del aquí y el allí sin que se le pueda decir adiós, o eso cree él. Por eso, después de quitarme los zapatos, lavarle la cara un poco, preparamos la despedida de la tortuga con la ausencia del cuerpo de la pobre Florita, que mucho me temo acabó por en el inodoro de la familia que debía cuidarla el fin de semana. Un dibujo de una tortuga que bien podría ser cualquier cosa, un caramelo un poco mostoso que rescata de la cartera como alimento para el más allá, y unas palabras elegidas cuidadosamente para desearle a Florita que traspase al otro lado sin miedo y con alegría, acaban enterradas en la maceta del patio. Después, con la serenidad que dan las cosas que se hacen como se deben, me llevo a Carlitos al sofá, nos tumbamos con los pies sobre la colcha y miramos las musarañas mientras su padre trastea en la cocina preparando la cena. La vida, a veces, tiene cosas muy importantes aunque los mayores no sepamos verlo.





miércoles, 13 de septiembre de 2017

DE ORO Y SANGRE


Lo peor de los muertos es que dejan vivos.
Leonardo Padura




Equivocarse y que el silencio se transforme en un murmullo que se espesa y atrapa. Buscar la palabra adecuada que rescate de una situación imposible. Hablar de las piedras, de su relativa semblanza y del gris de los andares de los que se saben perdidos. Buscar entre las voces dormidas y dejar que el camino se allane, sin esperar nada, absolutamente nada.




domingo, 10 de septiembre de 2017

11S- NADA QUE CELEBRAR





Existen temporadas en las que ocurren tantas cosas que la consecuencia es una especie de bloqueo que malbarata la posibilidad de ordenar las ideas de una manera rápida y coherente pero no por eso debemos dejar de hacer el esfuerzo de pensar y calibrar. La situación está complicada. Mientras preparamos el café del desayuno me pregunta qué haremos mañana que es fiesta. Podemos ir a pasar el día al campo, llamar a algunos amigos y marcarnos una barbacoa ahora que aun hace buen tiempo, dice. Mañana, 11 de septiembre, es ese mañana que para algunos, como nosotros, solo es un festivo laboral como cualquier otro; mientras que para otros va a ser un día de afán patriótico y nacionalista; un día para sacar bandera, el pecho secesionista y supremacista de los que se creen por encima de cualquiera, por encima de la ley, del Estado de Derecho, incluso de la solidaridad con sus vecinos de puerta y que se apropiaron hace ya mucho de los símbolos y de la calle. Por eso mañana ha dejado de ser fiesta para ser solo un festivo en el que cabe la posibilidad de que si te paseas por el centro, o te da por comentar que la independencia es una barbaridad antidemocrática (se mire por donde se mire), construida sobre un sentimiento y un montón de mentiras interesadas, puede pasar que alguien venga y te parta la cara, o te queme el coche, o te rompa los escaparate de tu comercio o, menos doloroso, te retire la palabra porque tú no eres ni piensas como ellos. Y puede que aunque ellos no te la partan directamente, ni hagan nada de lo anterior, legitimen y justifiquen de una manera asombrosa y sectaria a otros que lo harán en su nombre y en nombre de un Estado inexistente que pretende nacer bajo el yugo de la falta de democracia, la corrupción y el odio a su vecino.  Las cosas están así. Por eso mañana, puede que hagamos una barbacoa o puede que nos quedemos en casa leyendo, enfilando los últimos escritos para entregar, o arreglando los armarios; y así pasemos el día, esperando que pase y que el bucle en el que han entrado algunos no nos lleve a la desgracia de tener que lamentar no solo la pérdida de la democracia, sino incluso temer por la integridad física, o incluso propia vida. De hecho, la muerte civil ya nos la han vaticinado a muchos, a la mayoría diría yo.



domingo, 3 de septiembre de 2017

QUEENSBORO


La gente vestía de negro aun cuando no tuviera motivos para ir de luto. Iban de luto por anticipado. En aquel lugar, el cumplido más irreflexivo podía interpretarse como una maldición.

Los hijos -Gay Talese 





Guardábamos silencio y una sana distancia. Todo lo que había que decir ya se había dicho, por eso fue extraño que después de tanto tiempo, mientras recogía los platos de la cena, John me dijera que estaba al teléfono. Un gesto con los hombros, mientras sujetaba el aparato, eran la imagen de su propia sorpresa. Dejé de ver a mi madre después de enterrar a papá, había vuelto a casa al saber que ya no había nada que hacer, que su final estaba cerca. Quería despedirme, verle con vida aunque fuera una última vez para poder recordarle y que él, si había vida más allá del infierno que había sido su vida, supiera una vez más que le había querido mucho. Al terminar, cogería un avión, cruzaría un océano de sentimientos y tristezas y continuaría con aquella vida que había empezado a construir lejos de casa. Quince años no son nada o quizá lo son todo, una vida distinta, una familia nueva y la latente presencia de la ausencia.
No sé si en algún momento quise a mamá y si en algún momento lo hice, ya lo he olvidado. Durante años intenté rescatar un recuerdo que no me dejara extenuada, que no fuera el de una mujer absolutamente desquiciada, que gritaba de un modo desmedido y que asomada al balcón, desnuda, amenazaba con lanzarse al vacío sin importarle absolutamente nada, ni siquiera el miedo que me provocaba y que hacía que me meara encima. Se marchó un diciembre, llevándose para siempre a mi hermana y dejando, en el salón, una nota absurda. Tenía cinco años.
Algunas veces, cuando ya no vivía con nosotros, volvía a la ciudad. Llamaba a casa para avisar que me recogería a la salida de la escuela y que me llevaría a merendar. Aquellas visitas suyas, en las que aparecía sola, sin Marimar (porque había volado al cielo porque Dios lo había querido así), me provocaban dolor de barriga y un miedo feroz a no volver a ver a papá, a la abuela, a vivir con aquella mujer extravagante de aspecto extraño de la que ya no sabía nada y que me mandaría al cielo también, si Dios así lo quería. Durante las tardes con mamá, las pocas que hubo durante mi infancia, se empeñaba en recordarme que era su hija, lo mucho que me parecía a ella y lo pronto que estaríamos juntas. Aquellas afirmaciones, en boca de lo que para mí era ya una extraña, me aterrorizaban y al volver a casa, con el olor de su perfume envolviéndome por completo, cruzaba el recibidor de casa corriendo hasta llegar al baño y allí, llena de miedo, vomitaba hasta vaciarme por completo. Al llegar a la adolescencia le perdí la pista, solo alguna vez recibí alguna carta en la que decía estar bien y recordarme que era su hija. Eso era todo. Con el tiempo, dejé de recibir nada pero tampoco lo echaba de menos.
Las razones de su marcha, por qué se fue, ahora ya no importaban. Tampoco importaba que por el camino hubiera arrasado con todo, nada importaba ya. Papá ya no estaba, la abuela tampoco y Marimar solo era el recuerdo de un bebé que quedó suspendido en el aire y voló antes de que yo consiguiera, siquiera, atarme los zapatos. Nunca volví a ver a mi hermana, mi media hermana según supe más tarde.
Nos vimos durante el entierro de papa, yo había volado desde Nueva York a Barcelona, conjurando a todo lo que podía para llegar a tiempo para despedirme de un padre que ya no me reconocía. Aún no sé cómo lo supo, cómo se enteró, pero aquella mañana estaba allí, vestida de riguroso negro. Me estaba esperando dijo que quizá ahora podríamos volver a empezar. Siempre tan inoportuna, siempre tan ella. A los dos días, después de recoger las pocas cosas de papá, cogí un avión para no volver. De mi vida allí ya no quedaba nada, todo lo llevaba conmigo. Mi vida, mi pena, mi pasado y un futuro al que mirar sin volver la vista atrás porque ya no hay nada que mirar.
Había crecido desconociéndolo todo, salvo que no quería ser como ella y sin embargo, ahora tantos años después, también yo vivía lejos con una hija a la que solo veía en vacaciones, y la sensación constante de que por amor me estaba perdiendo la vida de mi propia hija. Le pedí a John que le cogiera el número, que llamaría yo mañana. La diferencia horaria serviría de excusa al menos por una noche. Mamá no conocía a John, ni John a mamá. La vida había pasado y aquella mujer, mi madre, no era nada más que el momento inicial de mi existencia, de mis grandes aciertos y mis errores. Pura biología y nada más. Llamé a la costa este, Ana estaría ya en casa. Necesitaba decirle que la quería mucho y que ella me repitiera que no fuera pesada y que me confirmara el vuelo de su llegada. Al colgar, miré por la ventana de la cocina, a lo lejos, las noches despejadas se ven las luces del puente de Queensboro y verlas ahí, tan titilantes como yo misma, siempre me tranquiliza. Guardé la nota con el número apuntado en el bolsillo trasero del pantalón y continué recogiendo los platos sucios. 



domingo, 27 de agosto de 2017

GATOS PARDOS


Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas.

Kirme Uribe 





Empezar por lo más difícil y así, de esa manera, al final todo se volvía más sencillo, como una cuesta abajo a la que se llega de una manera fácil. Rodar y rodar sin aspavientos y dejando espacio para que lo feo quede ya en penúltimo lugar y, con suerte, se vaya olvidando. Esa manera de afrontar la vida se la había enseñado su abuela, aunque a estas alturas de la suya, su vida, no tenía muy claro si lo había aprendido bien o si era su gafe perpetuo lo que hacía que al final aquello que era difícil y desagradable quedara siempre en el primer puesto y lo amable estuviera siempre en la cola del pelotón, sin puntuar absolutamente nada.
La abuela había sido una mujer excepcional, había vivido una guerra, una posguerra y había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria que se llevó por delante su casa, arrastrada por un aval temerario, y la vida de un hijo calavera al que mal proteger, que se acabó colgando del pomo del baño de una pensión sin que nadie consiguiera explicarse cómo es posible ahorcarse con los pies tocando el suelo. Ahora, pasado los noventa, la abuela se consumía frente a una ventana abierta a un patio interior sin reconocer siquiera la mano que de vez en cuando se llevaba a la boca para apartar la última mosca que ahí se posaba. Para él la vida había sido muy distinta, nada de escándalos, nada de guerras ni de posguerras en los zapatos. La burbuja inmobiliaria le cogió en un piso de alquiler que continúo pagando con su salario de funcionario. En su vida anodina no había grandes dramas, ni grandes alegrías, por eso le molestaba tanto que aquel tipo recién llegado le hubiera pisado su sitio en la oficina. Le doblaba la edad, solo por eso le debía un respeto, pero el chaval no debía de saber de estos temas y por eso su presencia holgazana, con esas camisetas chistosas a las que todos reían la gracia, las deportivas sucias y el pelo cortado a mordiscos según una moda que no comprendía, le sacaban de quicio y alguien debía darle una lección. Los graciosos también se mueren, pensó. Le mandaría al archivo, entre la cochambre y polvo, con suerte una estantería mal calzada se le vendría encima y esa sonrisa estúpida quedaría estampada en algún expediente como un sello de registro de entrada. Algunos finales tienen cierta justicia poética, se dijo. Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a esa hora los gatos pardos se amontaban ya sobre la almohada y así no hay quien duerma.




martes, 22 de agosto de 2017

HORQUILLAS OXIDADAS



Incapaz de cualquier sentimiento de pasión, ya fuera por una cosa, una idea o una persona, no había podido o no había querido mostrarse a sí mismo bajo ninguna circunstancia y se las había ingeniado para mantenerse a cierta distancia de la vida, para evitar sumergirse en el torbellino de las cosas.


La invención de la soledad- Paul Auster






Llevaba el pelo tan desmañado que ya no me quedaban horquillas ni gomas con las que recoger aquel desbarajuste. Pero me daba pereza, una pereza infinita tener que volver a fijarme en cosas como la ropa, el cabello, el aliño propio de la vida diaria. Me miré en el espejo, recoloqué un mechón de pelo que sujeté con fuerza antes de que el sudor que traía el bochorno lo empapara y lo convirtiera en algo parecido a un despojo, y me tumbé en el sofá. Conté los días que quedaban antes de volver al trabajo, exactamente cinco sin contar el fin de semana. Miré alrededor, los cojines, que en las últimas semanas habían ido adoptando las más variadas formas de mi cuerpo, se habían transformado en moldes huecos. Ponga dentro un poco de sudor, un poco de sexo, una docena de noches extrañas y et voilà: un par de moldes a disposición de la pereza de mi cuerpo. Encendí el televisor y unas mujeres estupendas, con unas piernas impresionantes, daban una paliza feroz a un pobre desgraciado. Ciertamente el mundo está cambiando, aunque nadie puede asegurar que sea para mejor. Pasó de medianoche, ahora ya solo quedaban días, sin contar el fin de semana, para que un ejército de desalmados transitemos arriba y debajo en esta ciudad congestionada por el desvarío y la calima mediterránea. Me adormecí pensando en el mundo perfecto compuesto por cuatro horquillas oxidadas, una copa de vino tinto y siete docenas de  llaves para ir cerrando puertas. Un mundo peculiar, sin ninguna duda.




lunes, 21 de agosto de 2017

RUIDO


Si el mundo ha de cambiar para mejor debe empezar con un cambio en la conciencia humana.
Václav Havel





Era cuestión de tiempo y llegó. Barcelona se ha convertido en el centro del huracán y del terror. Y todos lo sabíamos, si queríamos saber, si decidimos no hacer oídos sordos a la amenaza en la que vivimos los países occidentales y engañarnos con el “buenismo” de la ciudad cosmopolita y de acogida que algunos creen que protege de algo. Y desde entonces, hasta hoy, el ruido mediático es espectacular. He leído de todo aunque he escuchado bastante menos, quizá porque el atentado me cogió en Holanda y aunque la misma sombra se cierne sobre cualquiera que camine por sus calles, cuando lo negro llama en la puerta de al lado solo respiras y sigues, supongo que por eso nadie hablaba de ello. Desde entonces y ya de vuelta, algo me remueve las tripas y creo que es ese ruido que embrutece y ensucia los oídos a base de las locuras y majaderías de algunos que son capaces de sacar rédito al miedo y al dolor de otros; el ruido de los que justifican lo injustificable y que nos provocan la arcada al resto; el ruido de la vida que se tambalea junto a la inseguridad de no saber qué puede pasar mañana. Pero mañana saldremos a la calle a caminar, a seguir viviendo con cierta normalidad porque nos lo debemos, porque se lo debemos a los muertos vengan de donde vengan, y porque la compasión por las víctimas y sus familias no debe quedar ahogada por el ruido de algunos que juegan a un repugnante ventajismo, ni por el del salvajismo asesino de otros que merecen menos que cero.