domingo, 21 de mayo de 2017

COLADORES Y RECUERDOS MÍNIMOS


Supongo que es capaz de caminar sobre las aguas 
pero no de evitar que se le empape la cabeza.

Kent Haruf



Mientras espero sentada en el banco del parque que hay frente a la estación de autobuses, apurando los rayos de sol de las últimas horas de la tarde, un crío que apenas levanta un palmo del suelo se precipita desde el sillín de un balancín al suelo. Creo que aún no se han escuchado los primeros lloros cuando la madre lo levanta, le sacude la arena de las rodillas y le besa dándole consuelo. El niño se abraza y acoplado en el hombro, bajo el influjo del aroma materno, alcanza el alivio y la tranquilidad más pronto que tarde. Siempre he sido tremendamente mala para adivinar los años que tiene o deja de tener alguien, da igual los muchos o pocos años que tenga. Por eso puede que la criatura, que ya ha dejado de llorar, tenga tres o tal vez cuatro años, tan pocos que es posible que en su cabeza aun no se forje el recuerdo de este momento de amor incondicional al que podría volver cuando la vida le dé coces.
En el otro extremo, frente al tobogán, un grupo de adolescentes se revuelve entre risas hasta que el teléfono de uno de ellos suena. Se marcha corriendo entre exclamaciones brutales contra la tiranía materna. El pequeño vuelve a estar sobre el balancín, su madre no le pierde de vista y desde mi asiento le oigo reírse.

El juego de la memoria, la elaboración de los recuerdos, siempre me ha parecido algo extraordinario. El ser humano es una máquina casi perfecta. Por eso me parece una mala faena que la capacidad de recordar, aunque solo sean las cosas buenas, no exista desde el mismo momento de ver la luz y tengamos que esperar que transcurra el tiempo (dicen que tres años), para poder hacerlo. Sería fantástico poder recordar la sensación de amor incondicional y sin medida que recibimos apenas recién nacidos. Por eso en la hoja de reclamaciones, y por si alguien se la lee algún día, deberíamos anotar que queremos un cerebro sin agujero tempranos, que pudiera tener la capacidad de almacenar, desde el minuto cero, todo aquello que produce un bienestar infinito sin necesidad de contrapartida. Sería fantástico que pudiéramos almacenar estas cosas. Sería realmente fantástico.





domingo, 14 de mayo de 2017

LECHE DE SOJA


 I don't belong here. I don't care if it hurts. I want to have control. I want a perfect body. I want a perfect soul. I want you to notice, when I'm not around.

                                                               Radiohead 




Cuando se sentaron uno frente al otro, ella ya sabía que la tarde no iba a acabar bien. En realidad, sabía que no lo haría ni esa tarde, ni ninguna otra tarde de las que tendrían que venir. Las cosas siempre son así, hay gestos que delatan que la mala suerte está entrando en tu parcela y que, aunque te empeñes, se va a quedar ahí. Por eso cuando le dijo que tenían que hablar, ella solo pensó en que quizá habría sido mejor quedarse en casa preparando la comida para toda la semana, amontonando en el frigorífico una fiambrera sobre otra para no tener que correr, para no tener que escuchar lo que estaba segura que ya sabía. Miró el café con leche y le dio asco. La leche ya no era leche, era agua tintada de blanco de a saber qué cosa. Por eso, cuando él insistió en que tenían que hablar, ella solo pudo decir qué asco mientras con la cucharilla apartaba algo indefinido que flotaba en mitad de la taza. Algo tan indefinido como el miedo; como los atardeceres del mes de mayo.  Se levantó para ir a la barra y pedir que le cambiaran aquel mejunje que no tenía valor de tomar. A medio camino le oyó suspirar y ella esperó que a su vuelta, con la taza aun entre las manos, le mintiera un poco. Solo un poco, lo suficiente para que le diera tiempo a hervir todas las verduras que tenía en la nevera, a arrancarse todas las derrotas que acumulaba desde que él se acostaba con otras.  Un poco más de tiempo para mandarlo definitivamente a la mierda.








                          
           

lunes, 8 de mayo de 2017

CAIRELES


“La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente".
Marisa Madieri




Llámala melancolía, nostalgia tal vez. Llama como quieras a esa sensación indefinida que se estrella contra todo, que atenúa la luz de las mañanas y que convierte en agua el primer café del día. Das cien vueltas con la cucharilla para ahogar el agujero que se expande entre la taza y el poso de las horas que engullen sin tener nunca bastante. Guardo en los labios el sabor de las tardes de otoño con la esperanza de que nada lo borre, de que quede ahí como una pintura invisible que me guarde en el invierno. Fuera, entre las ruinas que nadie escombra, pululan sombras que vagan sin rumbo. Entre ellas, busco a tientas, sin encontrar, las palabras que se perdieron mientras todo agonizaba. El vértigo del pasado queda anclado para siempre en un presente permanente. No nos queda nada, ni siquiera tabaco malo para confortarnos. Pienso en fumar. Fumar para quemar algo que ya no sé lo que es.









domingo, 7 de mayo de 2017

GALAXIAS


¿Podría decirme qué camino debo tomar para irme de aquí? preguntó Alicia; "eso depende, en mucho, del lugar al cual quieras ir" contestó el gato. "No importa mayormente el lugar"; "en tal caso, poco importa el camino" "...en tal de que lleve a alguna parte..." "puedes estar segura de que todos los caminos conducen a alguna parte, en tal de que andes un trecho lo suficientemente largo".

Alicia en el País de las Maravillas -Lewis Carroll-






Hubo un tiempo en el que había tiempo. Tiempo para todo. Tiempo para perderlo con la inconsciencia del que desconoce que ese final, que se imprime al nacer, puede llegar cuando le plazca, sin pedir permiso, ni más autorización que el golpe que deja sobre aquel al que sorprende, sobre aquellos, que arrimados a la vera de uno, le acompañan por el camino. Perdido el paso,  es difícil volver al ritmo que se marcó en el inicio. Nada vuelve a ser lo mismo. Esta semana se fue la inteligencia y el señorío, dejando a medio camino de Levante cuarenta cosas por decir. Vendrán días nuevos y desde esta orilla miraremos más allá para intentar ver si de verdad se ha sentado, al otro lado de la galaxia, para esperarnos. Ahora nos toca seguir. Seguir sin dejar que la mediocridad que tanto despreciaba se acabe instalando por todas partes. Desde aquí, desde este lado de la Galaxia, hasta siempre.







jueves, 4 de mayo de 2017

TODO BIEN


Aprendí que las personas olvidarán qué dijiste, olvidarán lo que hiciste pero las personas nunca olvidarán cómo las hiciste sentir 

Maya Angelou






Suena el teléfono. Miro el reloj de la mesilla y son casi las tres de la madrugada. Si no quiero que se despierte medio edificio tengo que saltar de la cama y correr. Llego a trompicones hasta la mesa del comedor, creo que ahí dejé el teléfono cuando llegué a casa. Me golpeo la punta del pie y un dolor sordo me recorre la pierna; tiro los periódicos al suelo y al final, antes de que salte el buzón, lo alcanzo. No me da tiempo más que a descolgar e intentar contener que el corazón no me salga por la boca. A estas horas solo se llama cuando se tiene el ánimo consternado y hay que dar la noticia de una desgracia, o cuando uno tiene un índice etílico suficiente como para que lo permita todo, hasta el bochorno retardado para cuando la sangre se vaya destilando. Este es, y no otro, el motivo por el que a estas horas estoy sentada en una silla masajeándome los dedos de los pies. Y es que no pasa nada, poca cosa, un estado de crisis y de necesidad, en el que se mezclan los sollozos de un desamor que estaba más que anunciado con los quejidos ante la escalada de la corrupción nacional y las flores, que, maldita sea, adornan ahora los gin-tónics. Aguanto pacientemente, bostezo un poco, y miro el reloj. En menos de tres horas tengo que levantarme para calzarme los setecientos kilómetros que me separan de Madrid y un día que se anuncia, desde ayer, más que horroroso. Pero esto es la vida también.  Hasta colgar solo he dicho un “diga” un “ya, te entiendo” y un casi lastimero “mañana lo hablamos”, poca cosa, pero a veces basta. Vuelvo a la cama esperando que no se haya enfriado demasiado. Pero me he desvelado y empiezo a pensar que el que no haya hecho una llamada del estilo, a unas horas tan poco adecuadas, que tire la primera piedra. Miro el despertador una vez más mientras con los pies, uno de ellos un tanto magullado, busco el hueco caliente que dejé antes de saltar del colchón. 








domingo, 30 de abril de 2017

PLUSCUAMPERFECTO


                   

                     
Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
                                   
                                  Luis Cernuda





Quiero contarte algo que nunca has oído. No es nada nuevo. Una historia pasada que vuelve hoy, un día trufado de rutinas y de palabras mudas. Solo es una historia de amor, de amor casi pluscuamperfecto que recorrió centímetro a centímetro mi piel, mis venas y mis neuronas hasta convertirlas en parte de lo que soy. Había aplazado durante años la decisión de tu existencia. Me envenené para frenar cualquier posibilidad que significara que a partir de cualquier momento íbamos a ser multitud. Pero un día te descubrí en blanco y negro, confundido entre dolores corrientes. Una imagen tan difusa, y tan significativa a la vez, que daba miedo.  Tus ojos podrían ser los míos o tal vez los de otro, o tal vez los de nadie más que los de tuyos mismos. Por eso el día que llegaste, mientras saludabas a la vida sobre mi vientre aun hinchado, busqué tus ojos. Asomarme en ti para descubrirme a mí, que hasta entonces no habías sido más que el porcentaje fallido de una química absoluta, excedía de una simple aventura. Pero ahí estabas, sin parecerte a nadie, desprendiendo vida a golpe de inspiraciones diminutas que crecieron hasta convertirse en el sonido imprescindible de la mía. ¿Puede algo, nacido de un traspié, transformarse en perfecto? La ciencia no entiende de filosofías. Nunca supe qué pudo pasar para que la vida decidiera apearte cuando aún no sabía atarte los cordones de las zapatillas. Pero debes saber que lo mío, contigo, fue una verdadera historia de amor. Un amor casi perfecto, un amor de ojos negros y profundos que aun hoy, tanto tiempo después, vagabundea mansamente  entre  mis venas sin perderse nunca.


miércoles, 26 de abril de 2017

UNA DE HETEROPATRIARCADO Y UN CAFÉ.



Gracias al trabajo la mujer ha superado la distancia que la separaba del hombre. El trabajo no es lo único que pueda garantizarle una libertad completa.
Simone de Beauvier






Corren tiempos extraños, tan extraños como para que muchos de los valores y principios que hasta ayer considerábamos humanos y fundamentales no sean considerados más que cuatro tonterías que no merecen respeto alguno. Es quizá por eso, porque andamos en tiempos revueltos, en los que se confunde el culo con las témporas, que aquellos que, frente a determinadas posturas radicales, defendemos la igualdad absoluta entre hombres y mujeres, sufrimos virulentos ataques. Muchas de estas feroces acometidas son llevadas a cabo por otras mujeres que, autoproclamadas adalides del feminismo y de la verdad, propugnan otro tipo de posicionamientos sobre la realidad hombres/mujeres. Estas personas suelen considerarnos menos que cero. Se nos acusa de ser las principales enemigas de los derechos de las mujeres, pero en cuanto les preguntas a qué derechos se refieren, acaban diciendo que: a la vida; a no ser maltratadas; a vivir sin miedo; a no ser apartadas de sus hijos; a decidir su orientación sexual; a trabajar con iguales retribuciones que los hombres; a no ser discriminadas por razón de su sexo; a alcanzar cimas de poder en el trabajo; a desarrollarse personalmente sin interferencias perniciosas; a gobernarse como quieran; a su independencia; a conciliar su vida laboral con su vida familiar; a tener hijos; a no tener hijos; a no estar sometidas al dictado de la moda; a poder, en definitiva, hacer con libertad lo que todo ser humano quiere. Y no deja de ser interesante, porque precisamente todo eso es lo que yo quiero, y lo quiero sin levantar banderas de nada y sin machacar a todas esas mujeres que, queriendo lo mismo que ellas, no aceptan ni sus formas ni consignas totalitarias y castradoras, de unas y de otros. 

Defender todas esas cosas que todos queremos, nosotras y ellos, parece ser que no puede hacerse esgrimiendo que lo que debe primar para todo ello es la igualdad. Ni sosteniendo que no se quiere ser parte de nada si no es por la propia valía personal y profesional, porque no necesitamos cuotas que pongan a personas que quizá no lo valen solo porque hay que cubrir un cupo. Ni se puede sostener que lo que queremos, dentro de nuestras diferencias, es que nuestros derechos, y su ejercicio efectivo, no dependan jamás del sexo de quien los esgrime. Necesitamos leyes que establezcan no solo la igualdad formal entre las personas (sin distinción de su sexo), sino un sistema que lo garantice con un exquisito rigor (incluso con reconocimiento retroactivo) y que sancione, de un modo ejemplar, las vulneraciones que contra este derecho fundamental se produzcan. 
Sin embargo, en estos días de polémicas encendidas, pensar de esta manera es una mala cosa, sobre todo si eres mujer. Pues terminar vilipendiada y señalada por el dedo de otra fémina que sostenga (porque cree que su postura es mejor que la tuya) que eres consecuencia del maldito heteropatriarcado y que tiene la sesera medio seca, aunque lleves media vida partiéndote la espalda para que ella pueda sostener lo que le de la gana en absoluta libertad.



domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO




Era como si mientras el engaño sucedía en silencio y monótonamente, todos nosotros hubiéramos aceptado ser engañados, favoreciéndolo con nuestra inconsciencia o puede que cobardía, pues toda la gente es cobarde y prefiere de un modo natural cometer una traición, ya que ésta tiene un aspecto cómodo.
William Faulkner






Tengo que cerrar el balcón para que no se cuele el ruido de fuera. Los domingos siempre ocurre lo mismo, la calle, silenciosa a diario, se convierte en un continuo disloque de cánticos religiosos de la iglesia evangelista que hay la esquina y de críos correteando, gritando, por las aceras mientras esperan a unos padres que andan encomendándose a Dios o a quien sea. Una anticipación de la vida eterna acostumbraba a decir, con cierta guasa, en cuanto las primeras voces se colaban en casa.  Ahora ya nadie dice nada y todos esos sonidos son sólo un ruido insoportable que arruina la mañana del domingo. Abro al cabo de un rato cuando sé, por la costumbre, que la intensidad habrá ido de baja y los “Aleluya” solo serán un rumor que escampa entre los plataneros medio muertos del callejón y la ronquera de algunos tubos de escape. 
Busco en la nevera algo con lo que engañar el hambre antes de tirarme al sofá y recorrer toda la geografía de este festivo entre bostezos y lecturas a medio gas. Quedan unas galletas de chocolate, un poco de queso y una botella de cola sin gas. En el congelador, los restos de un guiso de sepia que trajo mamá antes de que le prohibiera la entrada. Aquí ya no entra nadie, nadie que venga con ganas de evangelizar por una vida que dicen que continúa pese a todo. Me pregunto ¿Qué sabrán? Cojo un vaso y lo lleno de agua del grifo. Por la ventana de la cocina se cuela una voz lastimera y unos cuantos rayos de sol que acabarán con la maceta de hierbabuena que sobrevive en el alféizar.  
Suena el teléfono y no descolgaré, esta vez tampoco, ¿Para qué? No tengo que contratar ningún seguro, ni cambiar de compañía de telefonía móvil. Ya nadie llama a las líneas fijas si no es para vender algo que no quieres. Tanta basura, tanta ruina, y nada que colocar en el horno, nada que cocinar ya. El polvo cubre la leja en la que aún reposan sus gafas. 
Solo son las dos. No hay nada que hacer. Solo queda esperar a que llegue otro domingo para abrir las ventanas y tener la posibilidad, una vez más, de despreciar la vida que se cuela en forma de salmos, de voces que murmuran sin que las veas, y el polvo que seguirá acumulándose sobre unos cristales ciegos.










martes, 18 de abril de 2017

PARAÍSO



El tabaco del narguile estaba demasiado apretado, como sucedía con frecuencia en casa de su amigo, y el agua burbujeaba malhumorada. Aziz estuvo persuadiéndolo pacientemente hasta que por fin cedió y el aroma del tabaco se extendió a chorros por su nariz y sus pulmones, expulsando el humo de las hogueras de estiércol que los había invadido mientras el joven médico cruzaba el bazar. 

Edward Morgan Forster






Llevamos sin dormir, cambiando de trenes, más de veinticuatro horas. Empieza a dolerme la espalda, pero no importa. La novedad y el entusiasmo que me genera todas y cada una de las cosas con las que me voy tropezando superan con creces el agotamiento que empiezo a arrastrar. Viajar por el gusto de no quedarse quieto es una de las inmensas maravillas de las que goza el ser humano. Por el camino, entre los campos de un cereal que no reconozco, los niños caminan volviendo de la escuela en la que han pasado todo el día. El contraste entre sus uniformes azules y la tierra severa es una de las mayores contradicciones de esta tierra tan rica y tan pobre a la vez. Al cruzar la última aldea, antes de entrar en la nada, el tren reduce la velocidad y un grupo de mujeres sube para vender cocos; bolsitas de leche de unas vacas famélica, que sobreviven con las cuatro hierbas que crecen junto a las vías del ferrocarril; y flores de franchipán para vestir la melena. Compro un coco que parto contra la agarradera de la banqueta y me encomiendo a la naturaleza para que esta temeridad no me lleve a tener que correr, en las próximas horas, a un baño que no existe. 
Dejamos atrás una hilera de chozas que corren en paralelo a la vía por la que marchamos y que marca la frontera entre lo fugaz (nosotros) y lo que siempre permanece (ellos). Vamos tan despacio que se puede contemplar la vida sin que nuestra presencia, escondida tras el casco de un tren, llame la más mínima atención. 
La vista de lo escaso devuelve la idea de lo imprescindible, de lo que en verdad es esencial. 
Nos adentramos en páramos casi desiertos, salpicados por algunas pozas de agua verdosa en las que los bueyes de agua campan a sus anchas. 
Me asomo a la ventanilla una vez más. Está atascada desde que salimos, pero el aire, aunque caliente, alegra un poco el bochorno de este vagón ruinoso. El aire huele a bosta y a tabaco viejo. Una bandada de pájaros recorre la línea del horizonte. Pronto anochecerá y el viaje seguirá alumbrado con apenas la luz de lo que parecen unas linternas colgadas del techo del vagón. Aprovecho los últimos rayos de sol para escribirte esta nota.




viernes, 14 de abril de 2017

KILOMETRO 43


"Sí algún día llegas a ser bueno en este juego
 ¿Qué va a cambiar para tí?" Me dijo al marcharse.

Richard Ford




Las manos tiemblan. Coges el volante con fuerza, pero el temblor sigue ahí. Respiras hondo. Intentas concentrarte en la carretera aunque sea una recta infinita por la que no pasa nadie, por la que no pasa nada. El parabrisas se tapiza de mosquitos que el sol seca al minuto. Escuchas el silencio roto por el motor del coche y el zumbido de una abeja que se cuela por la ventana. El corazón se te aturulla, late un poco más rápido que hace unos minutos pero la cabeza, despejada, sigue ordenando cualquier cosa que por ella va pasando. Tu ganancia será mi perdida, pero nadie notará la diferencia. En apariencia nada habrá cambiado. En tu mundo invertido, las sombras son tenaces y las conversaciones pendientes anulan el sentido. Te escuchas el corazón y te alegras de seguir vivo. Quizá deberías parar a repostar antes de que sea tarde. En el arcén se pudren los restos de un zorro.