miércoles, 9 de agosto de 2017

CALDERILLA


Solo quiero hablar contigo.
¿Por qué surge el amor? 
entonces me hice viejo
vino la muerte y escribí esto
Ten cuidado, es agudo como el mundo.

                                                 Anne Carson






Se ajusta la corbata sin mirarse en el espejo. Cada mañana, desde hace ya muchos meses, hace el mismo ejercicio. Se levanta antes de que suene el despertador, camina hacia la ducha, cinco minutos son suficientes y se viste, cada día un poco más rápido. Enciende la cafetera y coloca una cápsula que acabara desaguada sin probar una sola gota. Deja la taza sobre la mesa para que el engaño sea un poco más creíble. Las prisas, ya sabes, contestará cuando le riñan por dejarlo todo por en medio. Antes de salir de casa, abre la puerta del dormitorio y la besa desde la distancia, sin dar un solo paso. Que siga durmiendo mientras pueda. Coge la cartera y baja andando por la escalera como si tuviera mucha prisa. Saluda al hombre del puesto de los cupones y empieza a caminar sin rumbo. Le quedan nueve horas por delante en las que la vida será la prolongación de las otras nueve horas de ayer, de las de anteayer y así en una espiral de horas muertas. Pasa por delante de un mendigo que dormita apoyado contra la fachada del supermercado, acaricia el lomo de un perro tan sucio como la mano que lo peina. Cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo, las mismas que el lunes le pidió a Sonia después de decirle que había olvidado la cartera en la oficina. Piensa en dejarlas en el cazo que pero sabe que no puede, que no debe, que tal vez mañana las necesite para desandar en autobús todo el camino que lo aleja del barrio para que nadie le vea, para que nadie pregunte. Le duelen los pies y la cabeza. Piensa que pueda que sea por el día gris que se ha levantado, de las lluvias que dicen que vendrán y no llegan, de la contaminación que lo impregna todo. Y mientras piensa, intenta olvidar que el dolor se va a quedar durante días, quizá toda la vida, porque es la consecuencia de una gran mentira que crece. Se han terminado recursos para inventar historias con las que ocultar que ya no tiene nada que hacer, que desde hace meses su vida es un caminar y volver a caminar. La pérdida de peso es por la dieta y el ejercicio, es lo que cuenta por ahí. Revuelve el bolsillo y vuelve a contar las monedas, quizá podría tomar un café, aunque puede que mañana se arrepienta.
Se sienta en la terraza, espera que le sirvan para remover la culpabilidad con una cuchara diminuta mientras guarda el sobre de azúcar en el bolsillo. Nadie diría que la esperanza es un botón que se estropeó hace tanto. Hoy tampoco hablará con nadie. Cuando vuelva a casa, Sonia, derrotada, dormitará en el sofá maldiciendo las horas que estuvo de pie. En silencio verán la televisión durante un rato y antes de medianoche se acostarán dándose la espalda. Mañana amanecerá de nuevo, aunque la noche no haya servido para absolutamente nada y apenas quede calderilla en el bolsillo.





lunes, 7 de agosto de 2017

AGUA TURBIA



Avejentada en cien años, en un solo día,
El confiado animal fue llevado bajo latigazos
a su armonía preestablecida.

Ingeborg Bachmann




Estuve viviendo en aquella ciudad un par de años. Después de aquello, nunca más volví y aunque guardo muy vivo el recuerdo de aquellos días, aun hoy no estoy segura de si lo que de vez en cuando vuelve a mi cabeza es algo cierto o es solo la construcción adulterada de una realidad que no fue. En esos momentos, cuando la idea del relativismo de andar por casa me ataca, me ahogo. Me confunde pensar en lo relativo de lo vivido, en la necesidad de contar con mil versiones distintas de unos mismos hechos para de ahí intentar extraer la verdad y solo la verdad. Y que la mía, la que de vez en cuando vuelve, no sea más que la distorsión en estado puro de mis necesidades. Tengo recuerdos que puedo contrastar: el tiempo, la ropa que vestía, que en mi cuenta los números rojos eran la tónica general, pero lo demás, puede que todo lo demás, sea solo parte de una espejismo. El recuerdo nunca es fijo, como tampoco lo son las sensaciones. Sé que tuve miedo, miedo a perder el control. Pero el control, ese que no podía controlar de ninguna manera, con el tiempo dejó de ser una carga pesada y se tornó algo llevadero y bastante menos amenazante. Por aquel entonces sobrevivía con una beca bastante escasa y me alimentaba de las lecturas que me recomendaba y me convertí en un ser hambriento de su presencia y dependiente hasta la extenuación. Su potente omnipresencia no sirvió más que para abonar el tiempo que, multiplicado por su impuesta ausencia, me convirtió en una marioneta estúpida. ¿De verdad me interesaba la poesía de Ingeborg Bachmann? Entonces creía que sí, que bajo las letras de cada uno de sus poesías, leídas con su voz grave y adusta, encerraban el secreto de una vida entera. Pero un día al volver al cuarto que ocupaba en un piso compartido, con el frío batiéndose entre mis huesos, encontré una nota en el buzón: "Bachmann ha muerto. Cuídate". Pasé semanas sin salir de casa, ovillada entre sábanas viejas. Recibí una carta con un billete de vuelta a casa. Hice las maletas como pude para regresar. Acababa de vivir una película extravagante pero había llegado la hora de volver a la realidad. Nunca volví a saber de su existencia, ni siquiera si seguía con vida. Tarde años en volver a leer a Bachmann. Quizá porque entre nosotros todavía se escondía el secreto de las vidas que no nos pertenecen y el agua turbia se estanca en recodos extraños.





martes, 1 de agosto de 2017

ANY CASE


Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede 
comer un buen filete.

Woody Allen




Tengo la intuición de que lo que dice no es producto de su imaginación, sino algo así como la versión ligeramente transformada de su vida. Pero aun así me gusta leerle, releerle cuando es posible porque es tanto como saberle a medias, e imaginar que bebe despacio, pasando la punta de la lengua por la comisura del labio para arrastrar el poso de la espuma del café; imaginar cómo, de una manera casi imperceptible, va dando golpecitos suaves con la punta de un rotulador sobre un folio en blanco que al terminar el día se ha convertido en un galimatías indescifrable de puntos y manchas. Me gusta pensar que, aun en la distancia, el aire le devuelve la idea imprecisa de mi existencia que ya no dice; y que eso que ahora dice, que aturde y pesa, es su vida en estado puro. 









lunes, 24 de julio de 2017

CABERNET SAUVIGNON



Ese instante de alarma y temor a no entenderlo 
cuando anuncian que te van a contar un chiste.

Iñaki Uriarte







No hace demasiados días intenté comprar unas botellas de vino, tinto a mayor gloria de los manteles blancos y de los paladares tibios. Estaba pensando en organizar una cena `para deshacerme de un verano medianamente hostil. Unos pocos amigos nada más. La cosa tumultuaria no cabe en ni en mi casa ni en mi vida. Entré en la tienda sin una idea de lo que quería llevarme más allá de que fuera tinto. No entender de nada permite descubrir cosas y en este aspecto, no al no tener una elección preconcebida, ni indicaciones que seguir, cualquier recomendación deliciosa que no me estropeara la economía ya me venía bien. Recorrí los estantes arriba y abajo, estudiando las etiquetas de las que apenas soy capaz de entender nada pero que encuentro encantadoras. Camine entre cajas y pasillos y me encontré calibrando sobre la posibilidad de enfriar un mundano cabernet. Di media vuelta para salir y lo hice, pero con las manos vacías. En algún lugar de mi cabeza se había disparado el pistón de una vaga melancolía y, a partir de ahí, cualquier elección habría sido ruinosa. Volví a casa caminando bien, sin prisa alguna, dándole vueltas al hecho de nuestra común torpeza y de ahí a la cocina sin cambiar el paso. Me abrí una lata de agua con gas y me ahogué entre unas cuantas burbujas.  







lunes, 17 de julio de 2017

Mr. DARCY



-¿Te acuerdas de Marc? Habías jugado en su piscina hinchable. Ahora es un abogado de prestigio.
-No lo recuerdo.
-Parece que se ha divorciado. Su esposa era japonesa. Una raza muy cruel.

El diario de Bridget Jones






He roto la media de mis lecturas y lo contemplo con estupor. Creo que he tocado fondo y que algún que otro desvarío me ha desnortado. Estoy cansada, el año normalmente no acaba en diciembre sino en el caluroso julio, y aunque he comprado unos cuantos libros en las últimas semanas, los voy acumulando sobre la mesa del estudio en un montón que empieza a cegar la lamparilla. Cada vez que paso por ahí y veo el pequeño rascacielos, acaricio las cubiertas y me digo que en agosto volverá la normalidad, que leer volverá a ser fácil incluso con las gafas nuevas. Pero tengo serias dudas por culpa del empacho de la locura de actividad de los últimos meses; necesito resetearme. Llegar a julio como si fuera el fin del mundo, un año más. Y, aunque no es nada nuevo, me vuelve a coger desprevenida, por eso aun me extraño de esta especie de apatía lectora que me demora entre líneas algo más que media vida, y de la que me duelo como alma en pena explicando, a quien me quiera oír, que se me están estropeando las traviesas de mi vida, aunque sepa que no hay para tanto que, en definitiva, todos tenemos parones mentales y el que no, que levante la mano.



miércoles, 12 de julio de 2017

CONFITERIAS


Bajo la luna
El tigre de oro y sombra
Mira sus garras.
No sabe que en el alba
Han destrozado a un hombre...

                                         Jorge Luis Borges




Estamos viviendo en un momento de lo más complejo desde todos los puntos de vista. El descontento es generalizado y la sensación de hastío es ya tan profunda que parece difícil que volvamos a levantar cabeza en los próximos años. No hay manera de sustraerse al pesimismo generalizado y cuando uno se tapa los oídos con fuerza para intentar no desgastarse en exceso y vivir rodeado de las cuatro cosas y personas de su día a día, se queda cojo, falto de una realidad que apremia por las costuras. La ruina se cuela por cualquier resquicio. La falta de una perspectiva y de un conocimiento cierto del sentir de las gentes en momentos anteriores nos hace creer que vivimos lo peor, pero quizá nuestra visión sea solo una desilusión óptica deformada por el desgaste. Nuestras condiciones, en esta parte del mundo, son mejores que hace cincuenta años. La gran mayoría no pasa hambre, los niños están escolarizados, nos morimos en los hospitales de puro viejo y nuestra pobreza da risa a los que cruzan el Mediterráneo en busca de una oportunidad que allí no tenían y que difícilmente tendrán aquí. Nos invade un sentimiento de desencanto profundo. Levantar la vista y mirar al frente no mejora las cosas. Vivimos en un momento extraño, un momento relativo que observamos con el ojo ciego de la historia. Arreglar el desaguisado moral en el que hemos caído no parece estar al alcance de nadie. Vamos cabeza abajo y solo queda buscar refugio en las pequeñas cosas, en las que nos permitan pensar y creer que no todo está perdido. Hay días que vivir hacia fuera es muy difícil y solo es posible mitigar el desconcierto si uno aprieta el botón de apagado de casi todo y uno se enrola en una conversación interminable con un café entre las manos, o llega a casa y se encama con aquellos que más quiere esperando que el mañana sea más liviano y huela menos a pesadumbre.





sábado, 8 de julio de 2017

SOBREVOLAR



Los dioses se han marchado, nos queda la televisión.

Manuel Vázquez Montalván






Algunas tardes, en los días claros, subo a la azotea, saco una cajetilla de tabaco del bolsillo y le doy vueltas. Juego con ella entre las manos mientras me acomodo en la escalera de incendios. Fijo la vista en la línea del horizonte, allí donde el mar se entremezcla con el cielo, e intento ver si de verdad se puede ver, desde esta altura, la isla de Mallorca. Decía mi abuela, que vivía cerca de las Atarazanas Reales, que si uno se empeñaba podía ver las islas encaramándose en cualquier sitio un poco alto de la ciudad. Por entonces la única altura considerable se conseguía pagando unas cuantas pesetas que transportaban al paseante hasta la cúpula de la estatua de Colón y, una vez allí, solo quedaba forzar la vista para alejarse del rompeolas y mirar al infinito. Al final, como un puntito sobre una "i" se encontraba la isla. Nadie, ni siquiera previo pago, consiguió ver nada más allá de las cuatro golondrinas dando vueltas por el puerto, algunas gaviotas sorteando las olas mansas de la dársena y algún que otro pesquero volviendo a casa. 
Ayer tampoco se veía Mallorca. Unas cuantas gaviotas sobrevolaron el terrado imponiendo su graznido sobre el ruido de la ciudad. Al fondo, sólo un buen puñado de rascacielos que malhirieren la línea de la costa. Más allá, la nada. Aun así, quedan las azoteas, las cajetillas de tabaco, las escaleras de incendios y el rumor lejano de la ciudad que para ensimismarse un rato, sin perjudicarse en exceso, tampoco está tan mal.







lunes, 3 de julio de 2017

SATURA PARK


Y yo te sigo viendo
con una nube en cada hombro y una taza de caldo cada día,
y estabas desclavándote
y las palabras que no podías decir,
que no podías decir a nadie en aquel pueblo te iba atando a 
una columna.

Luis Rosales




Empecé haciendo trampa, buscaba entre libros y periódicos una primera frase con la que empezar la hoja en blanco. Era algo así como romper el hielo con un extraño, que se me presentaba distante, con algo ya probado antes con buen resultado. Al poco me di cuenta de que aquella artimaña no servía de nada porque aquellas primeras palabras, que parecía que estaban bajo control, en mis manos se convertían en poco menos que un desastre. Así que improvisé del principio al final, sin nada en que escudarme. 
Le di a leer unas cuantas hojas que recogían la historia de una astronauta que había decidido enrolarse en un viaje espacial con la sola finalidad de desintegrarse antes de cruzar la atmósfera a una velocidad estratosférica. Le vi levantar la ceja. Me preguntó el motivo por el que aquella mujer, que según le contaba había sufrido una inmensidad hasta conseguir trabajar en una agencia espacial, solo pensaba en desintegrarse delante de los ojos de los que estuvieran viendo el despegue. Contesté que no lo sabía, que quizá era por llamar la atención. Dobló las hojas y me las devolvió. Me invitó a dar un paseo. Caminamos en silencio durante una hora. Al llegar a la esquina de la Quinta con Satura Park se detuvo, jugueteó con la punta del pie con las hojas que cubrían la acera, miró al cielo y dijo que parecía que iba a llover. Encendió un cigarrillo y se despidió con un leve gesto de la cabeza. Cuando apenas llevaba unos pasos, y yo me reconcomía por mi torpeza sin fin, se dio la vuelta con la misma lentitud que un fotograma de cine antiguo y le escuche decir que debía seguir pensando, que nadie imagina inmolándose de una manera tan artificialmente estúpida. Siguió caminando y ahí seguí, viendo como aquella espalda se convertía en un puntito indefinido. Miré al cielo y vi la estela de un avión cruzando a toda velocidad. El murmullo de la ciudad me despertó del estado de desconcierto en el que me encontraba mientras unas gotas diminutas empezaban a teñir el asfalto. Al torcer la primera esquina, doblé los papeles, los guardé en la bolsa y pensé que me había ganado un café. Nadie se suicida, ni siquiera en un relato pésimo, de un modo tan rocambolesco y estúpido, tenía razón.









sábado, 1 de julio de 2017

CERTIFICADO DE ÚLTIMAS VOLUNTADES


Algunas mujeres hacen que parezca facilísimo eso de renunciar a la ambición, como si fuera un abrigo caro que se ha quedado ya demasiado pequeño.
 Departamento de especulaciones
Jenny Offill







Fue ayer, al volver a casa, cuando me paró Juan para entregarme los periódicos. Se los pagué y le encargué que esta próxima semana vuelva a guardarlos. El próximo viernes, cuando vuelva a casa, se los recojo de nuevo. Le compro prensa atrasada que sé que no leeré porque cuando me los dé ya lo habré hecho de cualquier otra manera. Pero es la costumbre y, de alguna manera, una especie de pacto conmigo misma para que se mantenga abierto el quiosco de la calle en la que vivo. Cuando ya me iba hacia casa, me llamó de nuevo, le habían dejado nota para que pasara por la farmacia, allí  tienen algo para ti, me dijo. La vida de barrio tiene estas cosas, los vecinos te conocen y puedes encontrarte encomiendas por cualquier sitio. No me molesta, en absoluto. Unos metros más allá, entré en la farmacia. La boticaria, un encanto de mujer, me saludó más amable que otras veces si cabe. Compré un par de cosas y hablamos de la semana y de que en el patio me esperaban tres cajones de plástico con un buen surtido de plantas que eran para mí. Cruzamos la rebotica mientras me cuenta que estos días que he estado fuera a Paquita se la llevaron de urgencias. Duró un par de días. Los estiró como pudo hasta que llegaron sus hijos y sus nietos para despedirse y entonces se fue. Ayer cerraron el piso y sus pocas cosas fueron retiradas sin hacer ruido, algunas repartidas según ella quiso y el resto a saber. Una semana y el telón se baja del todo. El propietario debe andar frotándose las manos, un alquiler de renta antigua menos. Recojo dos de los cajones y le digo que volveré a por el tercero antes de que cierre.
Esta mañana de sábado, antes de que el sol empezara a apretar para continuar con una tremenda tormenta, he replantado la lavanda, la menta, la albahaca, la citronela y el tomillo. Mientras hundo las manos entre la tierra, acomodando las raíces con cuidado, les deseo larga vida; y a Paquita, que vivió como le dió la gana desde que perdió a su marido cincuenta años atrás, que encuentre la paz que siempre quiso y que a veces jugaba al escondite entre los tiestos de su balcón. Algunas herencias no precisan más certificado de últimas voluntades que el deseo de uno y las ganas de otro.  





   




domingo, 25 de junio de 2017

PANFLETOS


El periodismo consiste esencialmente en decir. 
Gilbert Keith Chesterton






He tenido la santa paciencia de leer el editorial del "New York Times" para saber qué es eso que tanto ha alegrado a la Generalitat, a los secesionitas catalanes, y tanto revuelo ha causado en las redes sociales por su apoyo al referéndum en Cataluña y su oposición a la independencia. Y lo de la paciencia puedo decirlo ahora después de leerlo. Empieza a ser realmente cansado que, en relación a este tema, se hable con más falta de información que otra cosa y previo poner el cazo para escribir cualquier cosa, incluso que un elefante rosa sobrevuela el cielo cada noche cuando cae el sol, si es necesario.

Una mentira repetida cien mil veces no se convierte en verdad, pero puede hacer mella en muchos que no tienen el más mínimo interés en conocer el fondo de nada y se dejan convencer por el renombre de quien, previo pago, decide escribir la más inmensa de las majaderías.
En Cataluña, unos cuantos, que no son la mayoría, abogan por la independencia de España y pretenden llegar a ella pese a quien le pese, ilegalidad mediante, y sin pensar que su proyecto no es un proyecto común. El aparato propagandístico trabaja sin descanso desde hace décadas, desde que la familia Pujol expoliaba a todo el mundo enarbolando la bandera del nacionalismo.

He de reconocer que si no fuera porque vivo en este país desde que nací, que lo hice cuando Franco aún era el jefe del Estado, que viví la ilusión de mis mayores durante primeras elecciones y que la promulgación de la Constitución fue un paso de gigantes hacia la libertad, creería vivir en un país reprimido, ocupado y oprimido bajo la bota una dictadura que amenaza con terror constante; un país sin opciones políticas en el que el Parlamento no fuera elegido por sus gentes; un país en el que mostrar un pensar diferente al del régimen llevara a los huesos del opositor a estrellarse contra el suelo de una celda, como en Venezuela por decir algo. 

Pero resulta que he vivido y vivo en un país que, pese a algunos, tiene sus grandezas. Un país que ha conseguido sobreponerse a grandes desdichas y problemas. Pero somos, también, un país con grandes contradicciones y miserias. Por eso hay algunos que por buscar cualquier apoyo, incluso los más sucios, recurren, sin rubor alguno, a sacarse la foto con aquellos que diezmaban la vida de sus conciudadanos y los hacían vivir en el terror constante. Esos que ahora, cuando ya no les queda un aliento a sus nueve milímetros parabellum y aprovechando que  los muertos siguen en sus cajas, pretenden dar lecciones de democracia sin que les caiga la cara de vergüenza.

En Cataluña, en la que la Ley de desconexión ya se ha aprobado, el referéndum que tantos mentan es solo una pamema que pretende victimizar a los secesionistas. Es vergonzoso ver como se aprueba n reformas legislativas para evitar el debate parlamentario, la aprobación de normas inconstitucionales mientras la crisis económica y asistencial se ceba sobre la gente de la calle. La grandiosidad de algunos proyectos espanta.

Y en ese país que algunos imaginan terrible, antidemocrático, la legalidad existe aún hoy. El estado de Derecho debe protegernos de alucinados y enajenados que, a saber qué motivaciones tiene, pretenden socavar, no sólo la historia, sino la pacífica convivencia entre la gente de bien. Por eso repugna hasta la saciedad el retorcimiento interesado que algunos hacen de la situación real que vivimos.  

No todo vale y no todo es cierto aunque se publiquen en un panfleto internacional con cierto renombre. Una mentira repetida cien veces seguirá siendo mentira.